Buenas tardes a todos, Primeramente, quiero agradecer al Instituto Interamericano por la Democracia por organizar esta presentación y a Tomás por invitarme a comentar su obra ¿Qué Hacemos con la Diáspora: Estrategias de Gobernanza para un país Global, un texto, en mi opinión, indispensable para entender el proceso e impacto de la diáspora venezolana en el mundo. Su lectura ofrece una hoja de ruta rigurosa que trasciende el lamento y propone un cambio de paradigma, en el sentido Kuhniano del término. Tomás nos compele a deconstruir la noción de la diáspora más allá de la noción de pérdida —la tradicional «fuga de cerebros»— para re-conceptualizarla como el más formidable «activo estratégico» de la nación venezolana.
El núcleo de su propuesta es un cambio de paradigma porque nos obliga a repensar la categoría misma de Venezuela como Estado-Nación. En ese contexto, Venezuela ya no puede ser concebida como un país confinado a un territorio geográfico, sino como un «país global», una red humana desterritorializada, cuyo potencial reside en sus más de nueve millones de ciudadanos en el exterior. La diáspora, en esta concepción, pasa a ser vista como una vasta reserva de capital humano, social y financiero que debe ser estrategizada para que su impacto como activo de desarrollo y crecimiento económico en los países receptores y por supuesto, en su país de origen, se expanda y profundice. Pero la gobernanza que Tomás plantea es también una forma de «estadismo post-nacional», que busca diseñar estrategias para conectar este inmenso potencial con el país de origen, Venezuela, no solo a través de remesas, sino mediante la transferencia de conocimiento, la inversión y la participación activa en la reconstrucción de la institucionalidad democrática. Su visión nos devuelve por tanto la agencia y la esperanza, transformando la tragedia de la separación, el refugio y la migración en una oportunidad.
No obstante, la materialización de este paradigma que reconceptualiza acertadamente a la diáspora venezolana como activo y oportunidad depende de una condición sine qua non: la estabilidad y seguridad jurídica de sus componentes, es decir, de las personas, en los países receptores. Y es aquí donde la luminosa visión que nos ofrece Tomás, se topa con la compleja y precaria realidad que vive hoy una parte significativa de la diáspora venezolana en Estados Unidos.
En efecto, la incertidumbre y el temor son el día a día para cientos de miles de venezolanos cuyo estatus legal es temporal y precario. Beneficiarios del Estatus de Protección Temporal (TPS) y del parole humanitario enfrentan ya no solo la amenaza, sino la dura realidad de que cambios en las políticas migratorias los estén dejando sin estatus y en situación de indefensión jurídica. Una encuesta reciente de la Universidad Internacional de Florida (FIU) conducida por el reconocido catedrático Eduardo Gamara, documenta el altísimo costo psicosocial de esta situación. Existe un sentimiento de frustración ante decisiones políticas que afectan a quienes han invertido tiempo, esfuerzo y recursos siguiendo las reglas. El resultado, para muchos, es una profunda ansiedad y estrés y un nivel de incertidumbre que mina el bienestar y por tanto el potencial individual y colectivo de nuestra diáspora.
Esta vulnerabilidad se acentúa por la heterogeneidad sociopolítica de la diáspora en EE.UU. Como refleja la mencionada encuesta de FIU, no existe un frente unido; por el contrario, hay profundas divisiones ideológicas y opiniones encontradas sobre políticas migratorias clave, sobre todo entre los miembros más establecidos de la diáspora con estatus de residentes o naturalizados, que han visto con malestar, recelo y desconfianza a los que han llegado en flujos migratorios más recientes; flujos que podríamos llamar los “darienitos” para hacer un paralelismo con las reacciones negativas que tuvo en su momento la diáspora histórica cubana tras la masiva llegada de los “marielitos”. Esta fragmentación convierte a la diáspora venezolana en un objetivo susceptible y vulnerable en escenarios políticos de alta polarización, donde la inmigración en general ha dejado de ser vista como un activo humano de primer orden para la economía y sociedad estadounidenses, para ser en cambio estigmatizada e incluso criminalizada como carga, pérdida y peligro para la estabilidad y seguridad internas.
Quisiera concluir reiterando que la obra de Tomás Páez nos ofrece el mapa y el destino: una Venezuela global, pero nacionalmente reconstruible gracias al inmenso potencial y talento de su diáspora. Es la visión estratégica a la que debemos aferrarnos y apostar. No obstante, el camino hacia ese futuro está sembrado de incertidumbre. Y esa honda incertidumbre que enfrentan los venezolanos con estatus migratorio precario o en riesgo en EE.UU. no es solo un conjunto de dramas personales; representa el sabotaje sistémico de ese «activo estratégico» que Tomás tan lúcidamente identifica. No se puede esperar que un capital humano florezca si vive atemorizado de ser deportado al país que lo persiguió, empobreció drásticamente, y que sobre todo lo despojó de su “derecho a la democracia”.
Por tanto, una de las principales estrategias de la diáspora en EE.UU. debe ser la búsqueda de su seguridad jurídica y la defensa de sus derechos humanos fundamentales dentro y fuera de Venezuela, mientras continúa trabajando sin descanso por su fin superior: restaurar desde sus cimientos la democracia en Venezuela. Y es imperativo que esa búsqueda sea también un llamado a superar la estigmatización que se nos ha impuesto para volver a ser vistos como lo que somos: un gran aporte cultural y económico para este país que hasta hace poco nos acogió con generosidad y protegió. El trato que recibe una comunidad inmigrante es, en última instancia, un barómetro de la salud de la democracia que la acoge. Solo sobre la base de la certidumbre y el respeto a la dignidad humana podrá florecer el inmenso potencial que la visión de Tomás nos ha permitido, finalmente, comprender en profundidad a través de su riguroso trabajo investigativo.
Gracias a Tomás, vemos con mayor claridad el camino. Ahora nos toca a nosotros como diáspora reencontramos humanamente, buscar puntos en común y forjar alianzas y redes transversales con otras comunidades inmigrantes que enfrenten desafíos similares, para trabajar con más vigor que nunca por el gran objetivo sanador y reconstructor de la Venezuela democrática que la mayoría anhelamos. ¡Gracias por su atención!